Hoy, Día Mundial del Urbanismo, quiero plantear una pregunta que considero cada vez más necesaria: ¿por qué los paisajistas seguimos sin tener una presencia habitual en los equipos municipales que deciden cómo serán nuestras ciudades?
Durante demasiado tiempo hemos tratado la vegetación como un elemento decorativo. Algo que se incorpora al final de los proyectos, casi como una pieza más del mobiliario urbano.
Pero un árbol no es una farola.
Un árbol es sombra, regulación de la temperatura, biodiversidad, mejora ambiental y bienestar. Y también es esa conexión cotidiana con la naturaleza que tanto necesitamos y que conocemos como biofilia.
La vegetación no puede seguir siendo un complemento estético. Tiene que entenderse como una infraestructura viva, tan necesaria para la ciudad como sus calles, sus redes de saneamiento o sus equipamientos.
Y para que funcione como tal, no basta con plantar árboles. Hay que prever suelo suficiente para sus raíces, disponibilidad de agua, espacio para desarrollar sus copas, continuidad ecológica y condiciones que permitan su supervivencia a largo plazo.
Esto es también urbanismo.
En otros países europeos, la incorporación de paisajistas a las administraciones municipales es ya una realidad. En Alemania encontramos arquitectos paisajistas trabajando en departamentos de urbanismo, como en Stuttgart; en Reino Unido existen puestos específicos vinculados a la planificación estratégica, como en West Suffolk; y Suecia cuenta también con experiencias documentadas de participación de estos profesionales en el planeamiento municipal.
Pero quizá el ejemplo más cercano sea Portugal, donde la arquitectura del paisaje tiene presencia en la administración local. Un estudio publicado en 2026 por el Laboratorio Nacional de Ingeniería Civil (LNEC) analiza la presencia de profesionales de arquitectura, urbanismo y paisaje en 180 municipios portugueses. Aunque no todos los ayuntamientos cuentan con paisajistas ni estos participan necesariamente en la redacción de los planes urbanísticos, su incorporación a los equipos técnicos municipales es una realidad.
¿Por qué en España seguimos sin normalizar esta presencia?
Y no es porque en España nos falten formación, experiencia o profesionales preparados. La enseñanza del paisajismo cuenta con más de medio siglo de trayectoria en nuestro país. La Escuela de Paisajismo Castillo de Batres, fundada en 1972, comenzó a impartir sus cursos en 1973. En los años ochenta, la Universidad Politécnica de Cataluña impulsó, de la mano de Manuel Ribas Piera, uno de los primeros programas universitarios especializados en Arquitectura del Paisaje.
Posteriormente, los másteres y programas de especialización desarrollados en universidades de Granada, Valencia y Madrid contribuyeron a consolidar la disciplina y formar a varias generaciones de paisajistas. Estos estudios, cursados por profesionales procedentes de la arquitectura, las ingenierías agronómica y de montes y otras disciplinas afines, cubrieron durante décadas una necesidad formativa que la universidad española todavía no atendía mediante titulaciones de grado específicas.
Los paisajistas no somos una profesión recién llegada: contamos con décadas de formación especializada y experiencia profesional.
En 2009 llegó un hito fundamental: la verificación del primer grado oficial en Paisajismo, impulsado por la Universidad Camilo José Cela y la Escuela Castillo de Batres. Posteriormente se han incorporado nuevas titulaciones, como el Grado en Paisajismo de la UPC, iniciado en 2019.
Llevamos décadas formando profesionales capaces de intervenir en el territorio, el paisaje y la ciudad. Lo que falta no es preparación, sino reconocimiento y voluntad de incorporar ese conocimiento a los equipos que toman las decisiones urbanísticas.
Sin embargo, ese reconocimiento académico todavía no se refleja suficientemente en las administraciones públicas.
Nuestra ciudad es un ejemplo especialmente cercano.
Granada está elaborando su nuevo Plan General de Ordenación Municipal (PGOM), cuyo Avance fue aprobado en enero de 2024.
En 2024, el Ayuntamiento anunció la composición prevista de su Oficina Redactora, con 16 puestos técnicos, además de su dirección. Según aquella relación oficial, se contemplaban arquitectos, ingenieros de Caminos, un arquitecto técnico, asesores jurídicos y otros perfiles profesionales.
En esa composición no figuraba ningún paisajista ni un puesto específicamente dedicado a la planificación del paisaje o la infraestructura verde.
Es cierto que se previó la elaboración de documentación ambiental mediante asistencia externa. Pero un estudio ambiental no sustituye necesariamente la presencia continuada de un profesional del paisaje en las decisiones de planeamiento.
Y aquí surge una contradicción que merece una reflexión.
El propio Avance del PGOM plantea incrementar las zonas verdes y plantar miles de árboles. Son objetivos importantes, pero ¿quién aporta, desde el inicio, la visión especializada que permita convertir esas intenciones en una verdadera infraestructura verde?
Granada, con sus veranos cada vez más exigentes, sus calles necesitadas de sombra y su extraordinaria relación histórica con el agua, la vegetación y el paisaje, debería ser un lugar donde esta reflexión tuviera especial importancia.
No se trata únicamente de aumentar los metros cuadrados de zonas verdes. Se trata de preguntarnos dónde hacen falta, cómo se conectan, qué especies pueden prosperar, cómo se gestionará el agua y de qué manera mejorarán realmente la vida de los ciudadanos.
El Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza (UE 2024/1991) establece obligaciones para conservar y favorecer el incremento de los espacios verdes y la cubierta arbórea urbana. La Estrategia Europea de Adaptación al Cambio Climático impulsa, además, las soluciones basadas en la naturaleza.
La renaturalización urbana ha dejado de ser una cuestión ornamental para convertirse en una necesidad ambiental, sanitaria y social.
Y, sin embargo, seguimos planificando muchas ciudades con estructuras profesionales que apenas han cambiado.
No podemos seguir diseñando ciudades de espaldas a la naturaleza y pretender después resolver sus problemas plantando árboles.
Necesitamos equipos verdaderamente multidisciplinares, donde arquitectos, urbanistas, ingenieros, geógrafos expertos en SIG, especialistas ambientales y paisajistas trabajen conjuntamente desde las primeras decisiones.
Porque el paisajista no está formado únicamente para diseñar jardines. Su trabajo consiste en comprender las relaciones entre territorio, suelo, agua, vegetación, clima y personas, y traducir ese conocimiento en espacios habitables.
Reivindicar su presencia en el urbanismo no es reclamar un privilegio profesional. Es defender una forma más completa y responsable de pensar nuestras ciudades.
Si queremos que la naturaleza forme parte de la ciudad, quienes conocen y trabajan con el paisaje también deben formar parte de las decisiones que la construyen. Y Granada tiene ahora una oportunidad para demostrarlo.