El perfume no puede viajar a través de Internet. Sin embargo, el de esta flor es tan conocido, al menos en Andalucía, que basta una imagen para evocarlo.
Es ahora, en septiembre y octubre, cuando más lo siento al atravesar las calles de mi barrio, el Albaicín. Y cómo se agradece, sobre todo a primera hora de la mañana, con el fresquito, cuando voy al trabajo.
Es el jazmín.
Trepa por tapias y fachadas, asoma por encima de los muros y deja caer sus ramas hacia la calle. Y esa presencia del jazmín en Granada lleva inevitablemente a preguntarse por otra Granada: ¿crecía también en los jardines nazaríes?
Todo indica que el jazmín formaba parte de la tradición jardinera de al-Ándalus.
El Jasminum officinale, nuestro jazmín blanco o jazmín real, era conocido y cultivado en el mundo andalusí, donde las plantas aromáticas ocupaban un lugar importante. Y no sólo por su aspecto: en aquellos jardines el perfume era también una forma de disfrutar del espacio.
En el Generalife tenemos incluso una pista especialmente sugerente.
Los estudios realizados sobre los pólenes conservados en los estratos históricos del Patio de la Acequia han encontrado restos compatibles con Jasminum. Hay que ser prudentes: su polen es difícil de distinguir del del olivo. Pero los investigadores consideran plausible su presencia en el jardín medieval y, ya en el siglo XVI, los documentos de la Alhambra mencionan repetidamente los jazmines.
Podemos imaginarlo, por tanto, trepando sobre un muro o una estructura del jardín, ofreciendo flores blancas y perfume en las noches y mañanas del final del verano. No sabemos exactamente dónde estuvo ni qué aspecto tuvo aquel jardín en cada momento de su historia. Pero quizá su olor no nos resultaría extraño.
Siglos después, el jazmín sigue escapándose por encima de los muros del Albaicín. Y algunas mañanas de septiembre, camino del trabajo, Granada todavía huele a jazmín.