En busca de las rosas de un jardín nazarí
Recientemente he tenido la suerte de diseñar la plantación de dos patios de una casa morisca.
Desde el principio tuve claro que quería introducir, siempre que fuera posible, especies cuya presencia estuviera documentada en la jardinería del periodo islámico andalusí.
No se trataba de intentar reconstruir literalmente un jardín de ese periodo, pero si de acercarse a aquel mundo vegetal con cierto rigor y recuperar algo de su carácter.
Los patios y jardines ligados a una casa son siempre un reto. Cada esquina, cada muro y cada rincón tienen condiciones diferentes: orientación, horas de sol, humedad, suelo, espacio disponible para las raíces…
Y eso me encanta.
Obliga a pensar un poco más. La planta que funciona perfectamente junto a un muro orientado al este puede sufrir en otro orientado al oeste; una trepadora puede agradecer el sol mientras otra encuentra su lugar precisamente donde la arquitectura la protege. El trabajo se vuelve más complejo, pero también es mucho mayor la satisfacción cuando cada planta encuentra finalmente su sitio.
Y así llegué a los rosales.
Rosas en al-Ándalus
Sabemos con seguridad que las rosas formaban parte de los jardines islámicos andalusíes.
En al-Ándalus la rosa era conocida como ward, palabra de origen persa, y su importancia iba mucho más allá de su valor ornamental. Las rosas eran apreciadas por su perfume y se empleaban también para obtener agua de rosas y esencias utilizadas en cosmética y perfumería.
Los tratados agrícolas andalusíes nos proporcionan además un detalle particularmente sugerente para este proyecto.
Ibn Luyūn, autor granadino del siglo XIV, habla de rosales cultivados en espaldera o adosados a los muros.
Es decir: había rosales utilizados como plantas trepadoras.
Pero entonces aparece una pregunta mucho más difícil.
¿Cómo eran aquellos rosales?
Cuando pensamos hoy en un rosal trepador es fácil imaginar las grandes variedades modernas, con flores muy llenas de pétalos y floraciones repetidas durante buena parte del año.
Aquellos rosales eran otros.
La historia de las rosas cultivadas es extraordinariamente compleja. Durante siglos se cruzaron especies procedentes de Europa, el Mediterráneo y Asia, y muchos de los rosales que hoy consideramos tradicionales son ya el resultado de antiguas hibridaciones.
Los textos medievales nos hablan de rosas rojas, blancas y amarillas, de rosas perfumadas y de diferentes formas de cultivarlas. Pero convertir esos nombres y descripciones en especies botánicas actuales no siempre es posible.
Por eso, al buscar un rosal para estos patios, me interesaban especialmente las rosas botánicas: especies próximas a las formas silvestres, con flores sencillas de cinco pétalos, estambres visibles y un aspecto muy alejado de las rosas modernas.
Y entre ellas apareció una especialmente interesante.
Rosa moschata, la rosa almizclera
Rosa moschata es una antigua rosa de origen asiático vinculada desde hace siglos a la horticultura del mundo islámico.
Es un rosal vigoroso, de largos tallos sarmentosos, capaz de apoyarse sobre muros y estructuras y alcanzar varios metros de altura. Sus flores son sencillas: cinco pétalos blancos alrededor de un corazón de estambres amarillos.
Pero quizá su característica más evocadora sea otra.
El perfume.
De ahí procede su nombre: la rosa almizclera.
Produce grandes grupos de flores blancas y tiene además una floración relativamente tardía, de modo que puede perfumar el jardín cuando otras rosas ya han terminado.
La elección resultaba cada vez más tentadora.
Y durante la investigación apareció una coincidencia fascinante. Un reciente estudio arqueobotánico realizado en la almunia islámica del Castillejo de Monteagudo, en Murcia, ha identificado restos de rosales compatibles precisamente con Rosa moschata y con rosas amarillas del grupo de Rosa foetida.
Los restos encontrados son posteriores a la época andalusí, por lo que no constituyen una prueba de que esas mismas plantas crecieran allí durante la Edad Media. Pero su presencia resulta muy interesante dentro de la larga continuidad de cultivo de rosas de procedencia oriental en los jardines de la península.
No es una certeza.
Es una pista.
Y, en historia de los jardines, las pistas son a menudo tan interesantes como las certezas.
Otra rosa mediterránea
La búsqueda me llevó después hasta otra especie: Rosa sempervirens.
En este caso se trata de una rosa mediterránea, presente de forma natural en la península ibérica.
También produce flores blancas sencillas de cinco pétalos y desarrolla largos tallos sarmentosos que pueden alcanzar varios metros. Su nombre, sempervirens, significa literalmente «siempre verde»: en climas suaves conserva buena parte de sus hojas durante el invierno.
Su follaje oscuro y brillante, su resistencia al verano mediterráneo y su capacidad para trepar la convierten en una candidata magnífica para otro de los patios.
No puedo afirmar que una Rosa sempervirens creciera en ese lugar hace setecientos años. Tampoco sería honesto hacerlo.
Sí sabemos, en cambio, que los agrónomos andalusíes conocían los rosales; que las rosas tenían una enorme importancia ornamental, aromática y cultural; y que en el siglo XIV se describían rosales creciendo sobre espalderas y adosados a los muros.
A partir de ahí comienza el trabajo del jardinero: interpretar la historia, el lugar y las condiciones actuales.
Dos rosas para dos patios
Finalmente he elegido dos especies.
Rosa moschata para uno de los patios: caducifolia, exuberante, perfumada y de floración tardía.
Rosa sempervirens para el otro: mediterránea, de follaje persistente y brillante, y cubierta de flores blancas sencillas en primavera.
Dos rosas diferentes y, al mismo tiempo, extraordinariamente sencillas.
Cinco pétalos.
Un puñado de estambres dorados.
Perfume.
Y largos tallos buscando un muro por el que trepar.
Quizá un jardín histórico no deba intentar reproducir exactamente una imagen del pasado. Las plantas están vivas, los jardines cambian y siete siglos no pasan en vano.
Pero podemos escuchar lo que cuentan los textos, observar las plantas que han llegado hasta nosotros y tratar de recuperar algo más difícil de definir: la manera en que aquel jardín se relacionaba con los sentidos, con la arquitectura y con quienes lo habitaban.
Dentro de unos años, si todo va bien, unas ramas de rosas blancas habrán alcanzado la parte alta de estos patios. Y entonces la investigación habrá dejado los libros para convertirse de nuevo en jardín.