Hay ciudades en las que el sol se pone. En Granada, parece que le cuesta marcharse.
Lo advirtió Wilhelm von Humboldt a finales del siglo XVIII, cuando escribió que el reflejo de la luz sobre Sierra Nevada parecía prolongar el día. Más de un siglo después, Federico García Lorca convirtió aquel fenómeno en poesía: «¡Con qué trabajo tan grande deja la luz a Granada!».
Entre ambos testimonios se extiende una historia de viajeros, escritores y pintores fascinados por los últimos instantes de la tarde granadina. Una luz que se enreda en los cipreses, tiñe de rosa las nubes, acaricia las torres de la Alhambra y se resiste a desaparecer tras las montañas.
En el Día Internacional del Paisaje, queremos rendir homenaje a ese instante fugaz en el que Granada parece detener el tiempo.
«El reflejo de la luz del sol de Sierra Nevada parece que prolonga aquí algo el día».
Wilhelm von Humboldt, 1799-1800.
Hace más de dos siglos, Wilhelm von Humboldt ya había reparado en uno de los fenómenos más hermosos del paisaje granadino: esa luz que parece prolongar el día, que permanece en las alturas cuando la ciudad comienza a entregarse a la sombra.
No fue el único en quedar cautivado por ella.
Los viajeros románticos que llegaron a Granada durante el siglo XIX descubrieron una ciudad donde la luz parecía transformar cuanto tocaba.
Alejandro Dumas, que visitó Granada en 1846, evocó los delicados tonos rosados de la nieve de Sierra Nevada. Théophile Gautier contempló las cumbres teñidas de rosa, mientras las sombras azuladas avanzaban sobre el paisaje. Y Víctor Hugo, desde su Granada imaginada, convirtió la Alhambra en una arquitectura de resplandores dorados.
En 1847, el naturalista Moritz Willkomm describió una escena que parecía confirmar aquella observación de Humboldt: el valle se encontraba ya envuelto en penumbra, mientras los ventisqueros de las montañas todavía brillaban como brasas bajo los últimos rayos del sol.
La respuesta está, en parte, en su extraordinaria geografía.
Mientras las zonas más bajas y los valles quedan sumidos en la sombra, las elevadas cumbres de Sierra Nevada pueden seguir recibiendo la luz del sol poniente. Sus últimos rayos atraviesan una mayor porción de atmósfera, adquieren tonalidades cálidas y tiñen las montañas de dorados, naranjas y rosados.
Son los colores del arrebol, esa fugaz transformación del paisaje que parece incendiar la sierra antes de que llegue la noche.
Granada no tiene días más largos por estar al pie de Sierra Nevada. Pero su relieve, su altitud y la atmósfera construyen una ilusión extraordinaria: la de una luz que se demora en su despedida.
Quizá fuera algo que los granadinos conocían desde mucho antes de que los viajeros comenzaran a describirlo. Una experiencia cotidiana, repetida durante generaciones, que acabó formando parte de la identidad de la ciudad.
Hasta que Federico García Lorca encontró las palabras más hermosas para expresarla.
En 1927, en Mariana Pineda, escribió:
«¡Con qué trabajo tan grande
deja la luz a Granada!
Se enreda entre los cipreses
o se esconde bajo el agua».
Humboldt había observado cómo la luz parecía prolongar el día. Los viajeros y pintores habían intentado atrapar sus colores. Pero Lorca fue todavía más lejos: convirtió la luz en un ser que se resiste a abandonar la ciudad.
Y quizá sea esa la mejor manera de comprender el atardecer granadino.
Porque en Granada la luz no se apaga de repente. Se demora, se enreda, se refleja, se vuelve rosa sobre la nieve y parece despedirse lentamente de cada rincón de su paisaje.
En el Día Internacional del Paisaje, celebremos esa luz que durante siglos ha inspirado a viajeros, pintores y poetas. Una luz que forma parte de nuestra memoria, de nuestra cultura y de nuestra manera de mirar Granada.
Porque hay paisajes que admiramos por su belleza. Y otros que, además, nos enseñan a sentir el paso del tiempo.
Granada es uno de ellos.